Haceme reír
Haceme reír | Diego Bello

"La murga te da una contención que cuando estás solo haciendo un monólogo no está"

Diego Bello fue ganando tantos minutos en los escenarios carnavaleros, que los monólogos fueron el siguiente paso lógico.

14.02.2020 12:43

Lectura: 20'

2020-02-14T12:43:00
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Por Ignacio Alcuri

Estamos tan acostumbrados a que completos desconocidos nos hagan reír en las redes sociales, que terminamos creyendo que eso del humor es una tarea sencilla. Pero es muy fácil acertar a la diana si tiramos treinta dardos juntos; el desafío está en mantener el nivel y eso exige trabajo.

El interlocutor de turno conjuga muchas veces el verbo trabajar en sus respuestas. Su lugar destacado en la murga lo obliga a trabajar los textos hasta sacarles el mayor provecho, mientras que en la radio debe guionar su propio espacio, cinco veces a la semana.

Diego Bello trabajó de cosas que no están relacionadas con el humor. Y trabajó en otras que sí, pero que desearía no repetir. Cada año va armando su grilla de ocupaciones, porque sabe que no se puede comer al amor (como decía Calamaro) ni tampoco a los chistes.

En plena zafra de Momo, conversamos un rato de humor. Es decir, conversamos un rato de trabajo.

¿Carnaval fue el primer lugar en el que hiciste humor?

Sí. Salí del liceo, estuve un tiempito en Facultad de Psicología y después hice tres años de la Licenciatura en Filosofía. Al mismo tiempo empecé a salir en Carnaval. ¡Era joven y todo! Después trabajé mucho tiempo vinculado a la edición, cámaras, producción... Hice casi todo en paralelo. Tuve un tiempo que no salí en Carnaval, como tres años, en el que seguí trabajando en producción y esas cosas. Y después del 99 en adelante volví al Carnaval y empecé a vincularme más en serio con este trabajo.

¿Cómo se dio tu llegada al Carnaval?

Siempre me gustó el Carnaval como expresión: las murgas, el tablado, escuchar CX 42... Siempre tuve ese vínculo. Después empecé a detenerme en el canto y el sonido de la murga, y en el trabajo de los cupleteros. Había unos cuantos cupleteros de mi época de adolescente y de joven que me gustaban. Los seguía, los estudiaba, me llamaban mucho la atención. Y pensaba: "En algún momento me gustaría ocupar ese lugar".

Hasta que un día, la mamá de unos amigos me dijo: "Yo conozco a alguien que sale en Carnaval. ¿No querés que te lo presente?". Fui a hablar con él, con Óscar Cucho Granados. En ese momento él estaba en una negociación extraña donde parecía que iba a salir con La Gran Muñeca, que retornaba al Carnaval después de muchos años. Eso no prosperó, pero al tiempo me llamó y me dijo: "Vamos a salir con los Patos Crónicos". En ese momento era un título importante, que venía saliendo y había tenido buenas posiciones en el concurso. Me fui a probar y ahí empecé.

¿Qué hacías?

Cantaba en la cuerda de primos y hacía algunos personajes chiquitos, me dieron algunas participaciones. Creo que esas participaciones tuvieron que ver con que yo recordaba fácilmente la letra, entonces cuando faltaba alguno preguntaban: "¿Quién se acuerda?" y yo decía: "¡yo!". Garroneaba todo lo que podía hasta que me dieron un personaje, porque me preguntaron si me gustaba y yo les dije que sí. Era un cuplé de los de antes. Después fui haciendo papeles en el resto de las murgas, hasta que en el 99 voy a La Margarita y ahí empiezo a tener otros papeles.

¿Cómo definirías el trabajo del cupletero?

El cupletero es el que tiene que hacer los goles. Es el encargado de sostener un poco el espectáculo y en algunos momentos, cuando la pelota queda picando, intentar por lo menos que pase cerca del arco.

¿En aquella época ese rol era más importante?

Tenía otro juego, aunque ya se veían algunas propuestas que intentaban ir por otro lado. Ya había muchas discusiones... El Carnaval siempre tiene muchas discusiones, que no hacen más que validar las propuestas. Y por supuesto que son todas válidas.

Lo que tiene que hacer el cupletero es que aquello que ideó o imaginó quien armó el guion realmente se transmita y llegue de la forma imaginada. Para no dejarlo tan encasillado en el tema de la risa: si el guionista pensó un final potente, el cupletero tiene que resolverlo y hacerlo.

¿El laburo pesado está en memorizar la letra y los movimientos o hay laburo de lograr que el humor funcione mejor?

El laburo más complejo es encontrar la rítmica, para ver cuál es el cantito o la secuencia que puede hacer funcionar un remate o la situación que sea. Cómo sacarle el mayor provecho a lo que te toca. Porque hay que elaborar, hay que equivocarse, hay que arriesgar, hay que hacer mucha cosa. Hay que trabajar mucho.

¿Cuánto de ese trabajo es tuyo y cuánto aporta alguien de afuera?

La otra mirada es importantísima, porque a veces vas de lleno pensando en algo y la situación va por otro lado. O el espectador lo está viendo por otro lado y vos no te estás dando cuenta. Hay un montón de variables, y no todas se pueden ver desde el escenario. Algunas se tienen que ver necesariamente de afuera. Yo tengo mucha confianza en la persona que está dirigiendo y en el guionista, que es quien escribió e imaginó. Es imposible que lo escribas sin imaginártelo. Si el guionista me dice "no es por ahí", probémoslo por su lado y después veamos si corresponde o no.

En medio de todo esto, ¿cuánto influye el concurso?

El concurso es como una mochila. El otro día embromábamos en el ensayo con que "el Carnaval es para pasar mal". Porque en realidad ensayamos como locos, nos pesan los trajes, transpiramos, estamos con algunas "presiones" entre comillas... y aparte está el concurso. Que vienen y te dicen de este, del otro, de aquel, de cuál.

En ese juego extraño, el concurso tiene un peso. Porque por más que no quieras y trates de salirte, en algún momento terminás haciendo determinada cosa porque "estamos concursando". También te digo: es una actuación y yo creo que las cosas que funcionan para la actuación funcionan para el concurso, independientemente de él. Puede ser que en el puntaje del concurso no te alcance, pero el espectáculo está planteado de una forma y así tiene que ir. Está buenísimo no hacerle trampas al espectáculo por el concurso, porque se nota.

Después está el tema del tiempo, que te hace quitar cosas y te hace aprender a descascarar situaciones. A sacar cosas con las que te habías encariñado un poco, pero hay que sacarlas porque hay que llegar a un tiempo determinado. Eso te sirve de gimnasia para cierto desprendimiento de las cosas, que cuando no tenés temas de tiempo no hacés. Si yo estoy haciendo un monólogo en donde no tengo tiempo, no importa si hago una moña de más o si hago un enganche que no funciona tanto como debería, porque sé que tengo tiempo para enmendar o acomodar la situación. En los 40 minutos de la murga no hay tiempo: el tiempo de error es tiempo perdido. Esas son herramientas.

El Carnaval siempre jugó con los famosos límites del humor. ¿Cómo se hace para caminar por esa cornisa sin reventarte tantas veces?

Lo que va cambiando es la lectura que hacemos, y la lectura es como un ejercicio. Me parece que no solamente los carnavaleros, sino todos los que hacemos cosas que tienen relación con el público, estamos haciendo lecturas diferentes, que van cambiando con el tiempo y con las circunstancias. Varias veces la lectura es errónea y te das contra la pared, pero es parte de ese aprendizaje del que hablábamos. Creo que no podés ir con los ojos cerrados a ningún lado, que no podés armar espectáculos sin cuestionarte un montón de cosas en la previa. Los límites van variando como vamos variando todos, de acuerdo con procesos de elaboración y trabajo que tengamos en cada cosa.

Volviendo a tu carrera, te fuiste afianzando en el rol de cupletero y ganando minutos en el escenario. ¿Cómo manejabas esa responsabilidad?

Traté de no darme cuenta. De no pasarlo mucho por el cuerpo, no racionalizar eso que estaba pasando. Se dio en forma natural y así traté de tomarlo. Porque cuando quise acordar era un ratito ahí...

El Carnaval tiene sus variables, a veces tenés un poco más y a veces un poco menos, y me parece que no te tiene que afectar. Yo traté de que fuera lo más irracional posible: hagámoslo y veamos cómo responden. No puedo estar más que agradecido, porque en definitiva quien te otorga esos beneficios, más allá de que un dueño o un letrista decidan, es el público. Que acepta o no acepta.

¿Y vos lo disfrutabas?

Sí, sí. El trabajo escénico es una de las cosas que más disfruto. Me siento bien en el escenario.

Después de tener cada vez más minutos en el escenario, llegaste a los monólogos. ¿Cómo se dio?

Por insistencia de algunos amigos y por las razones que manejamos casi todos los que hacemos estas cosas: hambre y necesidad de enamorarnos. Creo que la aparición del género de los monologuistas se dio en simultáneo y la vinculación se dio de manera natural. Pero hubo mucha insistencia, sobre todo de Rafa Cotelo, que fue quien más me insistió con el tema y me ayudó un montón a salir a hacer monólogos.

De todas maneras, yo tengo una relación con los monólogos un poco particular, porque de repente paso muchas épocas en donde prefiero no hacerlos y guardarme un poco. No estoy siempre en pista, pero me gustan y eso también me llevó a hacer otras cosas. Los monólogos me llevaron a terminar actuando en obras, y descubriendo a otra gente y otros talentos. Aprendiendo de otra gente, que es parte del trabajo.

¿Notás una diferencia entre un momento en solitario en el tablado y un monólogo?

Hay muchas diferencias. En el ritmo, sobre todo, porque el tiempo en el escenario es acotado. El monólogo tiene otro manejo de los tiempos y otra complicidad, porque en el Carnaval está el tema del concurso y vos estás como dando un examen. Tiene mucho de examen. En cambio, en los monólogos en sala hay mucha complicidad. Quien va a ver un espectáculo por lo general tiene cierta complicidad con el artista, el vínculo es otro. En uno se genera rápidamente, es casi natural, mientras que en el otro hay que buscarlo un poco más y trabajarlo un poco más. En los dos hay que trabajar y tratar de que no se rompa. Hay que cuidarlo, quizás con un permiso más en uno que en otro, pero en los dos hay que cuidarlo.

¿Qué tan solo te sentís cuando hacés un monólogo? Porque ya no tenés 16 tipos atrás.

Es tremendo. La murga te da una compañía y una contención que cuando estás solo haciendo un monólogo no está. Vos mirás para atrás y no hay nadie. Realmente no hay nadie, por eso trato de no mirar. Siento la diferencia porque en la murga trato, sobre todo a nivel corporal, de no mostrar que estoy solo. Creo que no lo estoy nunca, por más que esté en un momentito mío. En lo otro estás solo.

Y tenés que llenar el espacio.

Exactamente. Trato a nivel corporal y de mi cabeza de marcar esa diferencia.

¿Las experiencias actorales que mencionaste también estaban relacionadas con el humor?

He hecho alguna cosa un poco más seria, con rasgos de comedia pero de otro tipo, como (la serie de ficción) El mundo de los videos. Esa fue una experiencia maravillosa que agradezco mucho y donde aprendí un montón. Realmente es algo que me gustaría repetir. Siento que me quedé con ganas de seguir en ese mundo, me gustó mucho grabar esa serie.

A la hora de interpretar un texto, ¿cuánto cambia si lo escribiste vos u otra persona?

Creo que en los textos míos tengo más facilidad para la crueldad; defino rápidamente lo que es una porquería. "Saquemos esto, por favor". En los textos que pertenecen a otras personas, salvo que algo no me resulte cómodo, trato de darle el máximo de chances dentro de mis limitaciones. Podemos llegar al acuerdo de que no es para mí o que capaz que no está bueno, pero demoro mucho más el proceso de "no está bueno". En cambio, cuando lo escribí yo, no está bueno.

Te decís cuando es una porquería, pero también te dirás cuando está bueno.

Sí, sí. Cuando funciona es una satisfacción. Lo que me mata o me descoloca mucho es cuando pienso que algo va a andar y no anda. El errar el tiro. Porque a veces tengo la duda, entonces la decepción no es tan grande. El tema es cuando digo: "Ta, esto está bien". Y no está bien.

¿En ese caso será por el texto o por la forma de decirlo?

Ah, depende. Pero seguramente no era para mí.

¿Notás cuando un guionista estaba pensando en vos a la hora de escribir el texto?

Sí, sí. Noto mucho cuando hacen el esfuerzo, porque a veces se tienen que correr de su zona, es natural. No es que sea natural por mí: cuando escriben para otros se tienen que salir de su lugar de confort o de mayor versatilidad. Pero lo notás, porque incluso en Carnaval pasa mucho que te lo manifiestan: "Esto te lo armé. Lo pensé para vos". Es un trabajo que no es sencillo, porque es como ponerte en el lugar de otro, en la piel del otro, en el cuerpo del otro y en la interpretación del otro. Yo valoro mucho eso y a lo mejor por eso me cuesta tanto llegar a la conclusión negativa de la que te hablaba antes.

Doy vuelta la pregunta. ¿Cómo fue escribir en Carnaval para otras personas?

Creo que no colmé mis expectativas. Me quedé corto, me parece que fracasé con todo éxito. Es muy complejo escribir para Carnaval; yo escribo algunas cosas para mí en los conjuntos en los que estoy, en complicidad con la persona que escribe, pero armar otros espectáculos y brindárselos a otros... No digo que no quedé conforme, quedé conforme con el trabajo que se hizo y como se dio. Quizás no quedé conforme con el resultado final, que no estuvo cerca de lo que yo me imaginé.

Habrá servido para valorar a los que se ponen en tus zapatos.

Sin duda.

¿Cómo se combina la dedicación horaria del Carnaval con el resto de tus actividades?

Cuando termina Carnaval trato de cortar bastante y pasar unos cuantos meses desenchufado del tema, aunque es bastante difícil. Trato de no involucrarme enseguida con otro proyecto, de no enroscarme con nada, y trato de poner todas mis energías en otras cosas. Sobre todo en el programa de radio, que me lleva mucho trabajo y al que me gusta dedicarle mucho tiempo. Incluso en este momento, saliendo en Carnaval, tengo la columna diaria en El Espectador y me lleva mucho rato y lo disfruto. Me gusta que así sea. No puedo venir sin nada a ver qué se me ocurre. No lo puedo hacer.

¿Qué pasa con los conjuntos que quieren empezar a ensayar en abril?

En los últimos años he evitado eso. No puedo. No es que no me guste: no me puedo meter de lleno en el conjunto. El Carnaval te absorbe, vos lo sabés. Y no puedo estar raptado por ese fenómeno desde agosto. No lo puedo hacer porque tengo que hacer otras cosas. Necesariamente las tengo que hacer.

Siempre estoy coqueteando con que descanso, que no sé qué voy a hacer, que no voy a dar prueba de admisión porque hay que empezar muy temprano. Lo que pasa es que ahí juegan muchas cosas: empiezo a ver qué pasa con el panorama laboral, cómo viene el año, qué cosas hay, qué no hay... El Carnaval también es una cuestión económica y creo que está bien que así sea.

A la hora de decidir, en un año específico, si salir o no en Carnaval, están en juego el tiempo, la guita...

El tiempo, la guita, la propuesta, las cuestiones personales y familiares. Todo eso se pone en la balanza. El estado físico, que tiene que ver con el tiempo y las horas de sueño. Parece que no, pero determinadas cosas te empiezan a pasar factura y hay que tenerlas en cuenta.

Estamos en febrero, así que todavía no te puedo preguntar por el Carnaval del año que viene.

¡No!

Volviendo a la radio, ¿cómo se encara participar de un programa y tener que ser "el gracioso"?

En la radio, que es un medio que a mí me gusta mucho, necesitás dos complicidades. Una indudable es la de los oyentes, que acompañen y que su imaginación trabaje más o menos en línea por donde trabajó la tuya. Y otra es la complicidad de tus compañeros. Yo he tenido la suerte de que en el proyecto anterior en el que estuve y ahora en Más temprano que tarde, la complicidad de mis compañeros es maravillosa. Entonces se hace todo más fácil a la hora de asumir ese personaje que, entre comillas, "tiene que hacer reír". Es un programa periodístico, que es distinto cuando el programa es de entretenimientos...

Hacer reír en Justicia Infinita es una cosa y hacer reír en Más temprano que tarde es otra.

Sí. Son dos trabajos distintos dentro del mismo rubro, por llamarlo así. Pero la complicidad en ambos casos, si bien funcionan por lugares diferentes, se nota.

¿Cómo es un típico día preparando el espacio radial?

La mayoría de los días arranco bien temprano en la mañana, leyendo casi todos los portales. Ya tengo incorporado el tema de estar informado, de leer las noticias, de ver qué está pasando. En base a lo que me llama la atención o lo que me dispara algo, empiezo a trabajar el guion, el texto de lo que voy a traer para esa tarde. Es un laburo que me lleva mucho tiempo, pero me gusta mucho.

De repente me estresa más cuando no aparece nada, pero creo que todos tenemos incorporado que en algún momento, sobre todo cuando se te vienen las horas encima, algo aparece. Porque tiene que aparecer y porque el oficio lo hace aparecer también, el callo ese que vamos creando hace aparecer algo.

Son pocas las veces en las que me siento en la computadora y escribo y "ya terminé". No pasa seguido. Sí pasa el irle buscando la vuelta hasta que encuentro algo que pasa cerca de la dignidad. Después, vamos bajando la vara.

Es un texto que lo hacés una vez y pasó. No es lo mismo que repetirlo un mes en Carnaval o diez veces en un teatro.

Esto tiene dos partes bastante complejas. Una es la elaboración y otra es la ejecución, porque no hay ensayo y no hay repetición. A mí me ha pasado varias veces que llega un momento que a mí me parecía que iba a estar disfrutable y le erro por atropellado. Leo mal una palabra. Pero tiene esa adrenalina que está buena y esa cuestión de "se autodestruirá en cinco segundos". También tiene eso como cosa positiva. Si bien no es instantáneo y no es improvisación, es algo que tiene que rozar lo cotidiano, lo palpable, lo que está sucediendo, sabiendo que se va a morir.

¿Sentís mucha diferencia con tu experiencia radial anterior?

La experiencia en Radio Uruguay era dos veces por semana, entonces la gimnasia era otra. La posibilidad en cuanto a la elaboración del texto era otra. Si bien básicamente trabajaba con las noticias, tenía otro costado. Acá es distinto porque es diario y a mí me gusta que sea diario. Te pone la cabeza a funcionar y el músculo se acostumbra. Eso es importante.

¿Cómo encarás la búsqueda de nuevos proyectos?

No tengo mucha metodología; por lo general me aparecen ideas o cosas que me gustaría hacer, y voy y careteo y se las propongo a quien tengo ganas. A veces me encuentro con una persona y surge alguna cosa. De hecho, podríamos hacer algo juntos.

¡Por supuesto!

Creo en este tipo de cosas, en que se den algunas señales, cosas que están buenas, y hay que escarbarlas un poquito y convertirlas en algo que sea potable y que se pueda realizar. Me gusta generar cosas y estar trabajando, sobre todo en dos cosas: acá en la radio y en el escenario. El escenario concreto como espectáculo. Obras, monólogos, disfrutes... A veces no sé cómo llamarlos. El año pasado hicimos una cosa con Freddy González y Mario Carrero (el espectáculo Supersticiones). ¿Qué era eso? Un disfrute. No sé cómo catalogarlo.

¿Cuál es tu experiencia con los eventos? Empresariales y particulares.

He dejado de hacerlos. He dejado de hacerlos porque pasaba mal. En el último año y pico no hice más, porque me daba mucho nervio y también me ponía en el lugar de la gente pensando: "¿Por qué tengo que ver a ese señor ahí? Si no me gusta lo que está haciendo". Me genera una sensación muy rara, siempre pienso que me va a ir horrible y que no lo voy a poder dar vuelta así nomás. Y en realidad no he tenido malas experiencias, salvo unas pocas, pero el nervio es tremendo y no la paso bien.

¿Cómo amplificás tu trabajo sin usar las redes sociales?

A la antigua. Confío en el boca a boca, en los amigos que tienen redes sociales... Creo que hay un método que sirve cuando hacés algún espectáculo, que es hacer prensa. No me parece que ninguna red sustituya eso. Obviamente, hay gente que las maneja muy bien y las aprovecha en su máximo potencial. Yo no lo sé hacer, tampoco me enorgullece.

¿No te interesa utilizarlas para hacer humor escrito, por ejemplo?

De momento no. Escribir es algo que me apasiona y me gusta, pero no sé si sería ese el vínculo que me gustaría tener. No digo que no. El tema es que es tanto lo contaminado que nos llega de las redes, que no me invitan mucho.

Por último, ¿lograste llegar a un punto en el que tu vida laboral solo esté relacionada con el humor?

Ahora mismo te diría que es el momento en el que estoy más cercano, porque entre la radio y el Carnaval estoy bien. No tiro cuetes, pero puedo estar pensando todo el día en lo que tengo que hacer en la radio, que es mi trabajo. Carnaval también lo es, pero es distinto porque es zafral. Es un período.

Después hay otro período, que empieza después de Carnaval y veremos cómo lo vamos acomodando. Creo que nosotros, los que nos gusta vivir de esto, tenemos una particularidad. Tenemos que ir constantemente armando una grilla en donde se te va una cosa y tenés que poner otra, y cuando no hay nada hay que inventar algo... y a lo mejor hay que hacer fiestas de vuelta.

Por Ignacio Alcuri